Del amor al odio
Pero te quiero.
Dicen que del amor al odio hay sólo un paso. Y es por eso
que a veces se mezclan, se juntan y se aprietan, y los sentimientos nos
confunden, se nos pierden y nos encuentran. Porque, no sé si lo has
experimentado alguna vez, esas ganas terribles de darle un guantazo. Y ojo, no
digo que la violencia sea el medio para conseguir nada. Sino, que de vez en
cuando, no tienes muy claro si le darías un beso o un tortazo. Y eso, queridos
amigos, eso es amor.
Se han empeñado en que creamos que a tu pareja tienes que
mimarla las 24 horas del día. De hacerla feliz constantemente, suplir sus
necesidades, recordarla a cada minuto lo mucho que la quieres y lo complicado
que sería vivir sin ella. Nos han hecho creer que siempre tenemos que darla la
razón. No sé, convertirla en una especie de hija única consentida, de ese
cliente que siempre tiene la razón. Pero, qué queréis que os diga, eso es un
coñazo. Yo lo que quiero es una pareja, no una mascota. Que así se nos vuelven
tontos y un día son incapaces de llevarnos la contraria, y eso es esencial para
que las cosas no se enfríen. Ya sabéis, las cosas claras y el chocolate
caliente.
Que a veces sienta muy bien que no te den la razón. Que te
plante un “NO” en toda la cara, de esos que se escriben en mayúsculas. Que se
cruce de brazos. Que lo haga con chulería, con toda la cara del mundo. Que se
quede mirándote con expresión seria y pienses lo mal que te cae y lo guapo que
está cuando se enfada. Ay, que no, que no es necesario que te esté adulando
constantemente. Que gusta eso de sacar defectos de vez en cuando y jugar con
nuestra mala leche. Lo de sonreírnos con cara de pícaro cuando se mete con
nuestros puntos débiles y sabe por dónde conducir la situación. Cuando disfruta
con nuestro ceño fruncido y sabe cuándo parar para darnos un beso o esquivar un
par de cojines. Pero nada de ladrillos, eso es otro nivel.
Sí, esa risa maliciosa disimulada cuando te metes con su
nuevo peinado y esa nueva camiseta que se ha comprado y que comparas con las
cortinas de tu abuela. Sí, esos pequeños detalles que le recuerdan que, por
mucho que pase el tiempo, tú sigues en tus trece.
Saber que confía en ti pero que también se pone tonto si la
situación no le hace gracia. Y así tiene que ser, que si todo le pareciera
genial llegaría un punto en que nos volveríamos locos. Que le gusta cómo le
tiras ese comentario como quien no quiere la cosa, sin más, pero que llevas
pensando un rato. Con doble sentido, de esos que hacen pensar. Para airear
presiones. Con una sonrisa disimulada.

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